Ex-colonias españolas del sur de Marruecos y norte del Sáhara Occidental, Navidad 2007-08 travel blog

La antigua y decaída ciudad española se fundó junto al Oued Saquia...

Oued Saquia el-Hamra y antigua ciudad española, hoy bastante decrépita. Los marroquíes...

En las puertas y azoteas de El Aaiún colgaban los restos de...

Aunque intentes camuflarte, los niños te asaltan para pedir un dirham. Les...

La gran Mezquita, en el nuevo núcleo urbano. Se oye al almuhecín...

Por la mañana el partido El Aaiún-Marrakesh no despertó pasiones. Por la...


Llegué a El Aaiún (Layounne) en la madrugada del 23, había un bar abierto junto a la estación de autobuses y me tomé un par de cafés expreso (de lo mejorcito que he probado durante todo el viaje) esperando la luz del día. Mientras, continué con un ejercicio de intuición que había iniciado en la estación de autobuses de Agadir: intentaba adivinar si las personas que me rodeaban eran de origen marroquí o saharaui por su apariencia física, su forma de hablar, de vestir... Como ya sospechaba desde el principio, carezco del conocimiento necesario para apreciar los matices y rasgos esenciales.

En el caso de las mujeres que visten de modo tradicional (suelen enrollarse en túnicas vaporosa, pero no suelen llevar "hiyab": muestran la cara y algunas son muy guapas), parecía más sencillo, porque las saharauis utilizan ropas más coloridas. Sin embargo, tampoco es un método infalible: las marroquíes del sur (Gelmin, Tan-Tan, etc.) también. Por otra parte, hay túnicas y ropas varias característicamente marroquíes, tanto para hombres como para mujeres, pero yo vestí durante mucho tiempo un jersey andino que me encantaba, y eso no me convirtió en sudamericano (que más quisiera yo: te disfrazas con las ropas del lugar en que te encuentres y adquieres, como por ciencia infusa, la lengua y cultura local :-)

Supongo que la lengua y el habla son el indicio más fiable, pero yo apenas estoy empezando a diferenciar la sonoridad del árabe y el bereber, por lo que no estoy capacitado para distinguir el acento árabe de un saharaui del de alguien de Safi o Kenitra. Otro indicio importante son los rasgos físicos, pero la variedad y mezcla étnica y genética dificultan los juicios terminantes... A pesar de las dificultades, he seguido con este juego durante todo el viaje. Aunque ya cansado y decepcionado por los pobres resultados obtenidos, debo confesar que he acabado deleitándome con la belleza de las morenazas que pueblan todo el país, muchas de las cuales también podrían ser españolas :-)

"Anyway". Cuando el día avanzó unas horas y comenzaba a haber una cierta vida en las calles, hacia las 9 (esta ciudad no es madrugadora), comencé a buscar el hotel Sidi Ifni, recomendado por Lonely Planet como el mejor de los baratos y, factor fundamental, emplazado en la antigua ciudadela española, junto al Oued Sakia El-Hamra. La parte nueva de El Aaiún (creada tras la ocupación marroquí) es poco densa, resulta fácil orientarte sin brújula, basta con tener un mapa y fijarse en la trayectoria del Sol; la ciudad vieja (la fundada por los españoles) es harina de otro costal, ni siquiera la brújula me libró de algunas dificultades en aquel entramado laberíntico de callejones.

Finalmente, llego y está cerrado (de hecho, había intentado reservar por teléfono desde Agadir y me respondía una vivienda particular con gente extremadamente amable, a pesar de mi insistencia). Espero pacientemente, hasta que se me acerca un inglés (un exmarine ya licenciado que había estado destacado en Gibraltar, según supe después, y llevaba unas semanas allí intentando aprender algo de francés antes de continuar hacia Mauritania) y me acompaña al cercano Hotel Rif que, según él, es barato y está bien. Barato lo es mucho (30 dirhams/noche, menos de 3 euros, aunque intentan cobrarme 40 y no cuela) pero, ¡qué cutre! En fín, por una noche... no voy a cargar más mi espalda ahora que el Sol comienza a apretar.

Tras instalarme y ducharme, hago mis primeras fotos del Oued Sakia El-Hamra, admiro las colonias de aves que chapotean en sus aguas, entablo mis primeras conversaciones con los niños de la zona que detienen sus juegos para sonreír y decirme: "bonjour, monsieur; ça va?" (muchos sabían poco más francés, pero todos eran simpáticos, un encanto)...

Regreso al nuevo núcleo urbano marroquí para cerrar el vuelo a Las Palmas. Desayuno en un bar local. Me sirve una preciosa morena con los ojos como tizones, sólo habla árabe y nos comunicamos por señas; me limito a decirle "sucrá" (gracias) cuando me recoge y limpia la mesa, y ella me responde con una mirada y una sonrisa que interpreto como coqueteo pero, ¿quién sabe? Yo ya no sé a qué atenerme tras tantos malentendidos. Así que me dejo llevar por una naturalidad ya algo condicionada: sonrío, le dejo una propina y me despido para no regresar jamás.

Deambulo por las calles. Cerca de la gran Mezquita me encuentro con una cooperativa de mujeres saharauis que se dedican al reciclaje y la ropa de segunda mano (la había conocido meses antes en una página web, junto a otras en que se denunciaba la brutalidad de la policía marroquí hacia la población local). Al lado hay algo parecido a un cuartel del ejército. No entiendo los carteles en árabe, pero hay soldados apostados como centinelas en los accesos y banderas marroquíes y retratos de Mohamed VI, omnipresentes. Intento encontrar un acceso discreto, pero no lo hay y, tras merodear un rato intentando no llamar la atención, me alejo.

Cuando ya me he hecho una composición de lugar, busco puntos elevados desde los que tener más perspectiva para fotografiar la ciudad española, el Oued Sakia El-Hamra y sus dunas vecinas. En la salida hacia el aeropuerto, me encuentro con lo que parece un estadio deportivo ideal para mi propósito. Las puertas están abiertas y me cuelo. Están jugando un partido de fútbol y, por la escasez de público, interpreto que se trata de un partido local de las categorías inferiores (me equivoco, como casi siempre) del que me desentiendo enseguida para ascender por las gradas y buscar los puntos de observación elevados hacia el nordeste.

Cuando acabo mis fotos y me giro de nuevo hacia el terreno de juego, veo que todo un destacamento de policía está ascendiendo por las gradas hacia mí, rodeándome. ¡Joder, ya estamos de nuevo, pero esta vez parece que la he armado gorda! Calma, mucha calma: me hago el loco y vuelvo a girarme, intento relajarme admirando el perfil dorado de las dunas, más allá de Sakia El-Hamra, pero me asusto al descubrir en el horizonte, hacia el este, antenas de telecomunicaciones e infraestructuras militares. Espero no haberlas captado sin querer en mis panorámicas, porque pueden ocasionarme un grave problema. Noto que ya están a mi espalda:

-Buenos días, señor. Su pasaporte, por favor.

Me giro, les sonrío y se lo doy.

-Español, de Barcelona..., ¿trabaja para la ONU? (siempre me preguntan eso, no sé por qué; tal vez los de la ONU sean intocables: se pasean por la ciudad en todoterrenos de lujo, se hospedan en los mejores hoteles y nunca les para la policía. No es mi caso, a mí me paran cada dos por tres, estoy en el hotel más cutre de la ciudad y ya me duelen los pies de tanto caminar. Además, yo soy respetuoso con los marroquíes, pero en modo alguno neutral: si me obligaran a tomar partido, cosa que no deseo hacer, mi vínculo afectivo con los saharauis es mucho más fuerte, aunque me cuidaré mucho de decirles nada que pueda sugerirlo).

-No, soy profesor -y le extiendo también el carnet internacional, ya he aprendido que ese documento suele tranquilizarlos-.

Mi interlocutor es un oficial, no sé con qué grado (haber sido objetor de conciencia tiene sus inconvenientes :-), y le pasa mi documentación a uno de sus compañeros con menos galones, quien parece comprobar mi identidad y antecedentes, primero por "walkie-talkie" y después por teléfono celular. Curiosamente, es la única vez que no me preguntan qué enseño.

-¿Dónde se hospeda?

-En el hotel Rif, en este barrio -y les indico por encima de mi hombro, a mi espalda-

A uno de sus compañeros se le escapa un "¡Ah, mejor!" pero el oficial todavía no parece fiarse de mi catadura:

-¿Es la primera vez que visita El Aaiún?

-Sí, sólo estoy de paso, vuelo mañana a Las Palmas de Gran Canaria.

-¿Cuál es el motivo de su viaje?

-Turismo.... bueno, a las Palmas voy para pasar la Navidad con mi familia.

-¿Su familia no vive en Barcelona?

- No, trabajo en Barcelona desde hace casi 20 años, pero mi familia es del norte, cerca de Bilbao. En las islas Canarias viven unos tíos y primos.

- ¿Regresará a El Aaiún después?

- Sí, en un par de días, pero me dirigiré a Sidi Ifni, Tiznit, Tafraout, Taroudant, Tata...

- Entró en el país el día 21, ¿hasta cuando se quedará?

- Regreso a casa el 7 de enero.

El guardia que estaba comprobando mis datos se acerca al oficial y le dice algo al oído. El oficial asiente con la cabeza y vuelve a mirarme fijamente a los ojos un instante; por fin, parece rendirse a la evidencia y me devuelve la documentación

-¡Bienvenido a Marruecos, espero que lo disfrute!

No es el momento ni el lugar para polemizar sobre la soberanía de estas tierras, así que me hago el simpático:

-Muchas gracias, muy amable.

Parece que estoy limpio en el fichero :-) El oficial me extiende su mano y, tras estrechársela, hago el gesto de tocarme el corazón, como hacen ellos. Todos sonríen y se retiran.

En lugar de descender tras ellos, circunvalo el estadio por su parte más alta. Cuando paso bajo la sombra del graderío, casi todos los espectadores me saludan con gestos, sin palabras, yo les respondo con una inclinación de cabeza o levantando la palma de la mano (siempre la derecha, que es la "pura", lo que no deja de ser un coñazo para los zurdos como yo), a veces añado: "Salam" (pronuncio mal el "malecum" y, como ellos saben que soy extranjero, supongo que se contentan con cualquier indicio de amabilidad recíproca, sea oral o no verbal).

Casi todos los adultos vestían con ropas tradicionales, yo interpreté que eran saharauis y que su generalizada amabilidad hacia mí era un gesto de solidaridad por la presión policial que acababan de presenciar en frente suyo. De nuevo me equivocaba: por la noche, unos saharauis me informaron de que aquello era nada menos que el partido de liga Layounne-Marrakesh, y que la falta de público se debía a que en el equipo local no hay ni un solo saharaui. El escaso público eran los familiares de los jugadores que, por lo que parecía, provenía todos del sur de Marruecos.

No me enteré de este hecho por casualidad, sino porque aproveché para preguntarlo cuando, sobre las 18h (19 hora española), me acerqué a los bares repletos por la retransmisión del partido Barcelona-Real Madrid. "Si no lo veo, no lo creo", parecía que había regresado a España. Aquello era un tumulto generalizado en toda la ciudad, pero especialmente escandaloso en la vieja ciudadela española y otros suburbios del nordeste. La gente no sólo abarrotaba los locales, sino que además se apiñaban fuera, contra los cristales, formando corrillos por todas las calles. Había hinchas de ambos equipos con toda la parafernalia: gorros, viseras, bufandas, camisetas... No encontré un patrón claro para entender la afinidad con uno u otro equipo, los había de ambos tanto entre saharauis como entre marroquíes. La liga española causa furor aquí "porque es la mejor liga del mundo", me decían insistentemente. Increíble.

Además de su afición por el fútbol español, hay otras dos grandes ilusiones generalizadas entre la juventud saharaui de El Aaiún: coger una patera rumbo a Canarias (ilusión mayoritariamente compartida también por la juventud de origen marroquí) y que el Frente Polisario regrese de su exilio en Tindouf para gobernar una república independiente. Con los de origen marroquí mejor no hablar de este último asunto, se exaltan un poco: repiten un discurso monocorde que reproduce las falsedades que apuntalan la postura oficial de Marruecos en este conflicto territorial y, yendo más allá del hipócrita discurso oficial, aunque en sintonía con su práctica "in situ", acaban legitimando la violencia como último argumento :-(



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